“Primero vinieron a por los fans de Dante. Pero como yo nunca he matado demonios, no me importó. Luego vinieron a por los fans de la ultraviolencia, pero como nunca he matado putas y disparado a la policía, tampoco me importó.
Ahora han venido a por mí, y ya no queda nadie a quien se lo pueda contar.”
Estas palabras se le pueden aplicar al sonyer medio.
Primero fue Devil May Cry. Ahora, el turno es de Final Fantasy. Y es que Sony parece empeñada en mantener postulados de generaciones pasadas, basando sus puntos fuertes, los puntales de sus estrategias, en las exclusividades. La jugada les salió bien con MGS4, pero, a largo plazo, es una mala idea.
Y es una mala idea no porque Microsoft tenga más pasta que ellos (que la tiene), que las empresas sean unos fariseos (que lo son), o que los fans crean que la consola es cara (que lo es). Es una mala idea porque se empeña en pensar que el multiplataformismo es algo que le ocurre a otra gente.
Microsoft lo ha entendido, Nintendo no le hace ni puto caso (pero éstos juegan en otro deporte diferente), y Sony no quiere entender: cuando una compañía se gasta treinta millones de dólares en un blockbuster como FFXIII (y MGS4 antes que él), tener un parque potencial de clientes de doscientos millones de consolas es mucho mejor que tener sólo cien.
No es necesario plantarle un cheque en blanco al estudio. Ni raptar a la hija del diseñador jefe. Es tan sencillo como decirles que quieren que su juego salga en su consola, y ellos harán el resto.
A este paso, Kojima se hará galo y beberá poción mágica.
Porque es el único “que se opone hoy y siempre al invasor…”