Por Barnaby
Saben… recuerdo el año 2006. Un año interesante. Mozart cumplió doscientos cincuenta años, Italia ganó el mundial de Alemania, España ganó el mundial de baloncesto, y Nintendo lanzó la Wii.
Joder, no todo iban a ser buenas noticias.
El caso es que, dos años atrás, todos estábamos ansiosos por descubrir qué tenía de revolucionario la, por aquel entonces, conocida como “Nintendo Revolution”. Todo el internets estaba ansioso por conocer detalles, tanto de la nueva consola de Nintendo como de las de Sony y Microsoft.
Primero nos dijeron que se llamaría “Wii”. Y la gente se descojonó dos semanas seguidas.
Luego nos dijeron que los mandos funcionarían con sensores de movimiento. Y la gente alzó una ceja, incapaz de entender el concepto.
Luego, vimos los juegos. Y ya se nos cayeron los huevos al suelo de mala manera ante semejante despropósito.
Se lanzó la consola, vimos la calidad de los títulos, los comparamos con los de PS2, e incluso Game Cube, y el grito de indignación de millones de fans se elevó, como un coro celestial, para tocar el cielo con su hirviente dedo, enmudeciendo la Música de las Esferas por un solo instante hasta que el Universo entero se llenó de él.
Vamos, que el cabreo fue así de aquellas maneras.
Pero luego la dichosa consola se empeñó en vender auténticas SALVAJADAS en todo el mundo, y los hardcores nos retraimos, llenos de miedo, pensando que El Fin Se Acercaba. Dudamos. Dudamos sobre el futuro de los videojuegos, sobre si el malvado y pérfido casualismo se apoderaría del mercado, extendiendo sus garras por todo el mundo, engulléndolo y sumiendo la Tierra en un manto de oscuridad eterna.
En ese momento sonaron dos trompetas.
Los cielos se abrieron, y de ellos descendieron dos adalides del hardcorismo, dos iconos, dos símbolos, destinados a socorrernos en esta, nuestra hora más oscura. Venían coronados de luz, con un halo de santidad alrededor de sus esbeltas figuras. Una negra, la otra blanca.
La PS3 y la 360 habían llegado.
Y nosotros, los hardcores, los herederos por derecho divino del mercado videojueguil, no regocijamos en su gloria y cantamos sus alabanzas. Poco a poco, metro a metro, logramos hacer retroceder a la marea de casualismo que amenazaba con ahogarnos, y recuperamos nuestras primeras posiciones. El catálogo que portaban nos iluminó, como un faro en la noche más oscura, guiando nuestra mirada hacia tierras inexploradas y llenas de posibilidades.
Fueron buenos tiempos. Tiempos en los que un hardcore podía salir tranquilamente de casa, paseando su hardcorismo orgullosamente ante la plebe.
Pero el Mal corrompe.
Y ahora, queridos lectores, hasta los más puros, los más santos y los más virtuosos, se ven corrompidos por la maldad absoluta del casualismo.
Pues Microsoft planea lanzar su propia versión de los Mii’s, y Sony está desarrollando un controlador que se divide en dos partes, y tiene sensor de movimiento.
¿Qué nos deparará el futuro? ¿Cómo acabará esta cruzada, esta Guerra Eterna entre el Bien y el Mal, entre el Equilibrio y el Caos, entre la Luz y la Oscuridad?
No lo sé. Ojalá lo supiera, pero no lo sé. Nadie lo sabe.
Lo único que puedo asegurar, aquí y ahora, es que se acercan tiempos aciagos. Tiempos oscuros, más oscuros de lo que jamás hemos vivido.
Pero prevaleceremos. Hemos de hacerlo. Es nuestro deber, no podemos flaquear ante la tarea que la Historia espera que desempeñemos.
No os rindais, hermanos.
No podemos hacerlo.